Haz que sea tu hogar

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El río corría frío y claro, inundado por el deshielo de la primavera. La puesta del sol se asentó en el horizonte, luchando por los días más largos que estarán por venir; arrojando su brillo rosado, anaranjado y rojo a través de la orilla del río y sobre la última nieve del invierno. Mis pies se hundieron en la arena del río sintiendo rápidamente la congelación, provocando un dolor punzante, hasta que el frío hizo que se me entumecieran los tobillos. Mi mano se hundió en la bolsa de japa, los dedos rodando sobre las cuentas con cada respiración. El viento bailaba a través del dosel colgante de unos viejos árboles de hoja perenne. Detrás de mí, las risas y las voces de mis amigos alrededor de la hoguera del campamento se desvanecieron en el fondo.

No pude cerrar los ojos. No me pude mover. Estaba perdida, cautivada por la armonía del baile que existe solo en lugares como éste, en las orillas de los ríos, en las profundidades de las montañas, a millas y millas de la carretera más cercana. Hay algo puro en la tierra que nunca ha visto un motor. Cada aliento iba y venía, llevando mi mantra con él. Cada respiración iba y venía y me perdía un poco más en ella. Cada respiración iba y venía, podría haber jurado que el viento también la estaba cantando.

 

OM Namo Narayanaya

 

OM Namo Narayanaya

 

OM Namo Narayanaya

 

Cada aliento llevaba una sensación de paz, de esperanza, de fe como nunca antes había conocido. Nada más parecía existir. Era solo el mantra.

 

Acababa de aprender Atma Kriya unos días antes. Acababa de aprender sobre el mantra, la respiración y la meditación por primera vez en mi vida. Y allí estaba yo parada en esa orilla del río, con los dedos incrustados en la arena y el río que ya no podía sentir. Fue lo más parecido a la calma que he tenido. Fue lo más cercano a la paz que he conocido.

Hasta que sus voces sonaron, gritando mi nombre, rompiendo el silencio. Era más como romper; astillando. Completa devastación del silencio de una forma que sólo cuatro veinteañeros podían hacer en las primeras horas de oscuridad de la noche. Y de repente la brisa fresca ahora me dejó con la piel de gallina y el agua parecía congelarme hasta los huesos. Y el ruido. El ruido vino inundando de nuevo, devolviéndome al parloteo constante de mi mente. Respiré hondamente, contemplé el oscurecido escenario con anhelo e hice el corto paseo de regreso al campamento.

Esta primera "experiencia" con Japa Kriya me enganchó. Me mostró algo que nunca creí posible alcanzar. Se convirtió en mi mejor amigo y recurso. Japa estaba allí para celebrar conmigo. Estaba allí para empujar y llevarme a través de mis horas más oscuras. E incluso en los días en que no sabía cómo amarlo, Japa seguía allí, bailando en mi lengua, esperando que me encantara.

Todos tenemos nuestra propia variación en esta historia. Todos tenemos nuestra única experiencia y técnica que nos transporta a través de nuestra vida. Para mí, es Japa Kriya. Para ti, puede ser otra cosa. Sea lo que sea, encuentra tu historia, encuentra tu técnica. Pero hazla tuyo. Toma posesión de ella. Porque es a través de la sadhana que desarrollas y experimentas tu relación con Dios. Sadhana es la forma en que te apropias de tu relación con Dios, diciéndole que Él te pertenece a ti, tanto como tú le perteneces a Él.

Deja que te lleve a través de este mundo. Deja que tus experiencias te inspiren. Deja que tu mente se vuelva inspirada para ser Divina. Haz de tu sadhana tu lugar de celebración y tu lugar de refugio. Haz que sea tu hogar.

 

 


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